El coste en suela de zapatos

En Dollhouse “abdujeron” a una persona que iba a ser político en el futuro para unirles a su casa e insertarle una personalidad en la que sea ambiciosa, una personalidad que le haga adecuado para ser político y no el típico gilipollas universitario de Estados Unidos que era por aquella época. No es el mejor ejemplo, pero esa persona podía ser político si se lo hubiera propuesto, si realmente le interesase… “tenía las condiciones”, empezando por el enchufe.

Sé que tengo las condiciones para algunas cosas. No creo ni espero que mi frase suene prepotente, pero lo sé. Lo peor es que no puedo explicar por qué lo sé, es simplemente varias cosas sumadas, un conjunto diríase. Sé que hay cosas que puedo hacer que otros no, pero, ¿eso qué más da? No me interesa ni encuentro atractiva la comparación porque seguramente no saldría beneficiado.

¿A dónde quiero llegar? Quiero llegar a que lo más difícil es mantenerse arriba después de haber ganado: querer volver a ganar. Porque cuando ganas una vez, lo difícil no es ganar esa primera vez sino volver a ganar. He podido tener un nivel aceptable haciendo muchas cosas, pero me he diluido sabiendo un poco de todo, lo suficiente como para no hacer el ridículo sin llegar a preocuparme por lo que verdaderamente me interesaba.

Hablo, por ejemplo, de juegos. Si hubiera practicado y me hubiera puesto en serio, podría jugar a buen nivel al ajedrez o FIFA. Y no porque sea especialmente bueno, sino porque en algún momento de mi vida he tenido constancia, he automatizado las cosas y a partir de ahí, he ido mejorando poco a poco. Pero lo he ido dejando, como todo.

Si hay algo que me ha gustado y me gusta, son los retos. Lo malo de los retos es que sólo tienen dos finales: el final del que lo consigues o fracasas. No hay un término medio. Y ni aún así los retos se me han dado bien. Todas las apuestas que he hecho estos últimos dos – tres años las he perdido: no puedo recordar ninguna que haya ganado ahora mismo. Y cuando digo todas, es todas.

El hecho de mi vicio de estudiar el día antes no es simplemente una demostración de vagueza, de dejadez… es que mi concentración sólo sale a relucir cuando estoy bajo estrés. El estrés de “estoy muy jodido y u obro el milagro o mañana voy a suspender”. En primero de ADE me funcionó con eso de las asignaturas cuatrimestrales y los dos únicos intentos; llegué a Introducción a la Estadística para la empresa en junio pensando “Hostia, o apruebo ahora o me toca pagar el el año que viene la matrícula de la asignatura y, encima, tener una asignatura suspensa”. Superé la bola de partido ese mes de junio agotando con un aprobado mi 2ª convocatoria.

Y es que supongo que de un modo u otro me he acabado tomando como un reto lo de estudiar el día antes… y en realidad eso del día antes es una mentira para mí. Pero mentira de las gordas. Porque cuando realmente me pongo en serio es a partir de las 01.00… es decir, a falta de ocho horas u once horas, en el mejor de los casos, para hacer el examen. Y ahí entra en juego el factor sueño, que de un modo u otro tengo que superarlo sin drogas. No siempre lo he superado y menos aún últimamente.

Me he malacostumbrado pero a la misma vez tengo fe ciega en que puedo hacerlo. No es una fe ciega de gilipollas porque sé que hay asignaturas que no puedo sacar así pero hay otras que sí, en determinadas circunstancias. A lo que pretendo llegar con todo esto no es a que se me dé bien trabajar bajo presión o mi habilidad para hacer lo pos-imposible. A lo que pretendo llegar es que no siempre saco lo mejor de mí. Más bien, casi nunca saco lo mejor de mí y sólo en situaciones límite. Y la verdad, es una mierda, porque si tuviese esa motivación siempre, podría hacer mucho más de lo que hago aunque siempre acabe apuntando al 5 porque a mí eso me vale.

Muchos se sorprenderían de lo que tengo y cómo lo he montado, casi partiendo de la nada y con el día a día, poquito a poquito. No siempre me va bien. En economía se trabaja con supuestos sobre modelos para simplificar la realidad. Me he contagiado un poco de eso. Por eso, vamos a suponer que vas por la calle, a pie, con un reloj en cada muñeca. Sabes que al final de tu paseo vas a acabar sin los dos relojes, pero hay dos posibilidades: que te roben una vez o te roben dos veces. ¿Qué escogerías? Lo más lógico sería elegir una única vez, si tiene que pasar algo, que sólo pase una vez y no dos, aunque la primera vez sea peor.

A simple vista puede parecer una tontería pero tiene su sentido. O al menos, yo le veo el sentido. Porque aquí, hablando en términos económicos, podríamos decir que sales a la calle con la firme intención de gastarte 100 euros pero primero vas a ir a una tienda donde te vas a gastar, por ejemplo, 50 euros, y después vas a ir a otra tienda en la que te vas a gastar otros 50 euros. No tienes dinero y tienes que ir al banco a hacer uso de la tarjeta para sacarlo. Lo más lógico sería sacar los 100 euros de golpe (bueno, puestos a entrar en términos lógicos, lo más lógico sería pagar con tarjeta de crédito / débito pero vamos a suponer que no estamos tan avanzados tecnológicamente hablando) porque si sacas los 50 euros cada vez que los necesites, tiene un coste: “el coste en suela de zapatos”, por ejemplo.

Por eso mismo digo que una vez, es mejor que dos. Ahora, extrapolemos esto a las visitas al pasado. Llevo dos meses haciendo visitas al pasado más constantes de lo que me hubiera gustado. No he podido ahorrarme apenas ningún viaje al banco a sacar dinero… algunos, sí, pero no soy perfecto. A veces no sé cómo seguir y lo dejo hasta que un día me llega la inspiración y sé cómo seguir. Lo bueno de eso es que fallo una vez, pero por lo general no fallo dos veces.

El caso es que cuando me olvido de que he desgastado la suela de mis zapatos me viene la inspiración y tengo que ir al banco a desgastar, nuevamente, la suela de mis zapatos. Y así estamos en este bucle infinito. Y a cada pasito vas descubriendo que lo que un día pudiste llegar a entender, ahora tiene menos sentido si cabe. Quiero, porque sí, sí que quiero, encontrar una explicación que no sea la más cruel pero lo cierto es que llega un momento en que estás muy convencido pero no sabes de qué estás convencido.

Hay distintas reacciones; por un lado está el enfado, por otro la risa tonta en plan “¿pero qué cojones es esto?” y por otro está el “a la puta mierda ya”, que acaba en un voy a dejarlo todo. Creo que he aprendido, desafortunadamente, a pasar por todas y cada una de ellas cada vez que voy al banco: si acaso hay que eliminar alguna es la de la risa tonta.

Y así estamos en esta noche gélida de enero, me acordé de dónde estaba mi banco, el banco naranja, y fui. El banco cambia de sitio, unas veces está justo en frente de casa, pero es un banco flotante, que se mueve de sitio, y esta vez tuve que caminar lo suficientemente lejos como para no verlo desde mi ventana por lo que acabé desgastando la suela de mis zapatos. A veces, sé de antemano que no se va a desgastar la suela de los zapatos porque veo desde mi ventana que el banco está justo en frente pero lo peor es que esta noche sabía que el banco no estaba en frente y que estaba lo suficientemente lejos: sabía que mi decisión llevaba implícito el hecho de desgastar la suela de unos zapatos que ya está muy maltrecha, zapatos que algún día pasarán a mejor vida porque nunca fueron Nike o Adidas. Y cada vez me queda menos de todo.

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